13 feb 2014

FILOSOFÍA DEL TRABAJO. Pilar Gómez Rodríguez.



Somos la misma gran compañía que siempre hemos sido, solo que hemos dejado de existir”, comenta un personaje de Sipress con pinta de presidente al desconcertado auditorio de su personal. Un oficinista aventajado podría interpretar sus palabras en la clave sartreana de El Ser y la Nada. Pero no hace falta ser un lumbreras ni haber leído sesudos ensayos filosóficos: aunque no se sepa quién es Camus, ¿quién no se ha sentido un poco Sísifo empujando una y otra vez la roca que siempre volverá a caer a través de los pasillos figuradamente empinados de su oficina? El mito está presente en este libro de la misma manera en que esa realidad está presente en los trabajos. 

La inteligencia, antesala de la filosofía, no entiende ni atiende a profesiones, de modo que hay camareros brillantes como comadronas excelsas y físicos y artistas deslumbrantes. El volumen reúne la obra de dibujantes e ilustradores que comparten, además de la profesión, un mirada inteligente, una mirada rayos X podría llamarse, capaz de desentrañar la realidad y las grotescas situaciones de que está hecha hasta dejar a sus protagonistas en los huesos del ridículo.
Se ordena bajo epígrafes como “lunes por la mañana, los jefes, recursos humanos, reuniones de negocios” o “cómo pedir un aumento”. Pero disfrazados de traje y corbata subyacen otros temas que son los que siempre interesaron a la filosofía, los que nos siguen interesando porque día a día seguimos lidiando con ellos. Ejemplos:

* La peligrosa verdad. Terreno farragoso en entornos laborales. Si no está socialmente admitida, lo mejor es abstenerse. En el libro, Joseph Mirachi retrata una reunión de colegas en el bar en el que uno de ellos se arranca: “No sabes cómo puse a mi jefe esta mañana. A mi exjefe, quiero decir…”. O el del hombre que vuelve a casa con la caja de pertenencias entre las manos y dice a su esposa un solemne: “Dije la verdad y me liberaron”.

* La imperio de la mentira, el poder de la apariencia. Cultivables a cualquier precio en propio beneficio. No necesita palabras la ilustración de Charles E. Martin en la que un subalterno que debe pasar ante la puerta abierta de un superior no duda en despojarse de su abrigo y lanzarlo por encima de la misma para fingir que él ya estaba allí. Tan tierno como practicado. Y definitiva la sentencia del jefe de personal que pinta Alain y le dice tendiéndole la mano al candidato: “Me gusta su aspecto, Ramsey. Está contratado”.

* El yo, la identidad y la percepción de uno mismo. En una organización altamente jerarquizada, la uniformidad y normalización de los iguales –unida a la falta de conciencia– asegura la ausencia de conflicto. Los trabajadores de Stan Hunt que levantan la cabeza para mirar a sus compañeros y exclamar “Pobrecillos”, no se dan cuenta de que ellos son exactamente iguales a quienes compadecen.

* Deificación de la jerarquía. Junto a la homogenización de iguales, los jefes son –y quieren ser percibidos como– los diferentes. Muchas veces lo intentan ocultar bajo una apariencia empática, amistosa, pero…no hay que olvidar lo que enseña la viñeta de Dean Viktor: ““Aquí tan solo soy un número, Caswell, igual que usted; un número, solo que más alto”.

* Panoptismo. El juego de la vigilancia y la libertad fue tratado por filósofos como Bentham o Foucault. El trabajo es un entorno de vigilancia que sanciona o premia. Pero en un estadio más refinado, ni castigos ni premios son necesarios, pues el empleado, el vigilado, interioriza el bien empresarial y se subordina a él. Produce un escalofrío el jefe que dibuja Barsotti y dice: “No, Hoskins, no lo va a hacer solo porque yo se lo mande. Lo va a hacer porque usted se lo cree”.

* El poder de la palabra. Es el caballo de batalla de la filosofía en los dos últimos siglos, a partir del vuelco que supuso la escuela de Viena con Wittgenstein a la cabeza. «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», afirmaba el vienés en su Tractatus. En una de las viñetas de Sipress, un sirviente abanica a su amo que yace en medio que evoca el Imperio romano. Dice: “La palabra esclavo es denigrante. Mejor te llamaremos becario”.

*El tiempo (es tan relativo...). Mientras para algunos parece no existir, otros no están más que vigilando su paso. “No, el jueves estoy fuera. ¿Qué tal nunca? ¿Le va bien nunca?”, dice un personaje con aire de mandamás en una viñeta de Mankoff.

* Honestidad vs hipocresía. Nunca se debe perder de vista el ideal. Lo único que queda tan alto que uno se puede pegar un piñazo intentando alcanzarlo. Lo mejor será hacer una estratégica adaptación al medio. ¿Es esto hipocresía? Hay quien la llama supervivencia. “La honradez es la mejor política –le dice un jefe salido de los trazos de Leo Cullum a una empleada– pero no es la política corporativa”. Y memorable la ilustración de Mischa Richter que muestra las tripas de una reunión de alto nivel en la que uno de los asistentes explica: “La señorita Johnson distribuirá ahora los antifaces morales”. Ética de quita y pon, según vengan dadas.

En el prólogo del libro, se sorprende el editor Jean-Loup Chiflet de que “nada ha cambiado realmente desde principios del siglo pasado”. Una lectura desde esta revista demuestra que apenas nada, salvo las circunstancias, ha cambiado desde hace muchos más siglos. Las relaciones entre los hombres siguen respondiendo a criterios semejantes; siguen surgiendo entre ellos la envidia y el compañerismo, la hipocresía y la honradez; y nadie ha conseguido hallar la fórmula mágica para conseguir cultivar unos sin los otros. La oficina es un medio privilegiado donde las virtudes y los defectos de los seres humanos campan a sus anchas tan juntos como revueltos. Algunas personas tienen la audacia de verlos desde la distancia, señalarlos y retratarlos. Viñetas como las de este volumen nos ponen fácil reflexionar sobre la fragilidad de la naturaleza humana. Qué suerte que, además, sea con un sonrisa. ■ Pilar Gómez Rodríguez

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