19 feb 2014

Ludwig Wittgenstein. La lógica del lenguaje.





Ludwig Wittgenstein vino al mundo en 1889 y murió en 1951, tras vivir dos guerras mundiales y cambios culturales asombrosos. Perteneció al Imperio Austro-Húngaro, pero asistió al final de todos los imperios, incluso el británico, donde había pasado media vida. Fue uno de los filósofos más influyentes del siglo XX y un individuo singular. Nació en Viena en una opulenta familia austríaca de origen judío y confesión católica. Era el menor de ocho hermanos, hijos de un importante industrial siderúrgico, Karl Wittgenstein, gran mecenas cultural, que sentaba a su mesa a Freud, Brahms, Mahler, Klimt… Karl era también un hombre duro: exigió tanto a sus hijos varones que, quizás por eso, dos de ellos, Hans, el mayor, y Rudolf, el tercero, acabaron suicidándose. También Ludwig pensó siempre en el suicidio, entre otras cosas porque una homosexualidad reprimida le atormentaba. Tampoco él llegó a cumplir las expectativas de su padre: era un joven sensible, de enorme inteligencia, que pasaba por completo de los negocios paternos. 

Estudió en la Escuela Real de Linz y en la Técnica Superior de Berlín, titulándose como ingeniero aeronáutico en Manchester, donde diseñó un exitoso motor para aviones. Pero sus intereses se dirigieron pronto hacia la lógica matemática. El filósofo alemán Gottlib Frege le aconsejó ir a Cambridge a estudiar con un prestigioso profesor galés: Bertrand Russell, autor, con Alfred Whitehead, de los Principia mathematica, lo último sobre el problema que le apasionaba. Wittgenstein quería ser excelente, y no mediocre, de modo que abordó a Russell de un modo peculiar: “Profesor, quiero que usted me diga si soy tonto. Si lo soy, seguiré con la ingeniería aeronáutica; si no, me dedicaré a la filosofía”. Russell, prudente, respondió: “Tráigame algo que haya escrito sobre filosofía”. Días después, Wittgenstein le entregó el trabajo pedido. Russell leyó los primeros párrafos y le dijo: “Usted no debe ser aeronáutico”. 

Un filósofo entre bombas
En 1913 se trasladó a Noruega. Construyó una cabaña en un fiordo y vivió en un profundo aislamiento trabajando en problemas de lógica filosófica y escribiéndose con Russell. Al estallar la I Guerra Mundial se alistó como voluntario en la artillería austríaca. Cierto día, en un pueblecito polaco, encontró un libro: Breve explicación del Evangelio de León Tolstoi, donde este contaba el proceso que le condujo al cristianismo, huyendo de la idea insoportable de que la existencia es producto del azar. Explicaba, además, que se libró del suicidio recurriendo no a la razón, sino a la fe sencilla. El librito impresionó a Wittgenstein. Durante la guerra, siempre lo llevó consigo y fue el origen de un interés por lo espiritual que duraría hasta su muerte.

Durante los cuatro años de guerra llevó también en su macuto de soldado los cuadernos en que anotaba sus pensamientos filosóficos. En 1918 cayó en manos de los italianos. En el campo de prisioneros de Montecassino, ordenó esos apuntes y le hizo llegar una copia a Russell. Era el Tractatus logico-philosophicus. Russell lo leyó con interés, pero de entrada no lo entendió, lo que molestó mucho a Wittgenstein, que creía haber resuelto todos los problemas de la filosofía. Ambos tendrían muchas discusiones durante los años siguientes. El galés se había dado cuenta de que no podía aportar nada más al avance de la lógica y confiaba en que el austríaco sí lo hiciera, aunque era un hueso duro de roer, que se negaba a retocar su texto para hacerlo más accesible. 

Mientras intentaba publicar su libro, Wittgenstein volvió a Viena para recibir la herencia de su padre, lo que le hubiera convertido en el hombre más rico de Europa. Pero como consideraba el dinero incompatible con la condición de filósofo, cedió su fortuna a sus hermanos. A partir de ese momento siempre fue pobre y nunca aceptó de su familia o amigos ni un céntimo que no hubiera ganado. La guerra le había dañado mucho. Tuvo depresiones y pensamientos sombríos, agravados por las dificultades para publicar el Tractatus, el único de sus libros importantes que pudo ver impreso. Por fin apareció, en 1921, en la revista alemana Annalen der Naturphilosophie, y un año más tarde, en una edición bilingüe alemán-inglés, prologada por Russell.

Un maestro agresivo
Convencido de haber renovado por completo la filosofía, quiso hacer algo diferente con su vida y decidió ser maestro. Tras estudiar los nuevos métodos de enseñanza, consiguió un puesto en una escuela rural de Trattenbach, un pueblo pobre de las montañas de Austria. El experimento acabó mal. Wittgenstein estimulaba a los alumnos que eran buenos en matemáticas, pero no tenía paciencia con los torpes, con los que podía pasarse de violento, incluso en una época tolerante con los bofetones pedagógicos. Le acusaron de golpear a una niña hasta hacerla sangrar e incluso de dejar insconsciente a un chico de 11 años. Investigado, se salvó negándolo y acabó huyendo del pueblo lleno de remordimientos por no haber dominado su ira y por haber mentido. 

Después de esto regresó a Viena y trabajó como jardinero en el
monasterio de Hüteldorf, donde quiso profesar, pero el abad no le aceptó. Sin dinero ni profesión clara, llegó a un acuerdo con su gran amigo el arquitecto Paul Engelmann para construirle una casa a su hermana Margarethe. El tolerante Engelmann aceptó todas las decisiones que el intransigente Wittgenstein tomó sobre estructura, aldabas, cerraduras y todo lo habido y por haber. El resultado fue una casa peculiar. Los rusos la usaron como caballeriza después de la II Guerra Mundial. Ahora, muy modificada, forma parte de la embajada búlgara. 

Al mismo tiempo, retomó sus contactos con la filosofía. Conoció a Moritz Schlick, catedrático en Viena, que le introdujo en lo que más tarde sería el círculo vienés: Rudolph Carnap, Friedrich Waismann, Herbert Feigl…Pero no sintonizaron: los pensamientos casi místicos de Wittgenstein no concordaban con los del grupo, hostiles hacia la metafísica y la religión. Decepcionado, regresó en 1929 a Cambridge para conseguir una beca en el Trinity College. Para ello necesitaba ser doctor, cosa que logró presentando el Tractatus como tesis. Los ponentes fueron un entusiasta G. E. Moore y un reticente Bertrand Russell. Wittegstein aprobó, claro. Y al acabar el examen, incapaz como era de guardar respetos humanos, palmeó a su ponentes y les dijo: “No se preocupen. Sé que nunca entenderán el libro”. Así comenzó Wittgenstein una carrera académica en Cambridge que duró 17 años, durante los cuales revolucionó la filosofía. Al principio, trató de desarrollar los pensamientos del Tractatus y escribió Algunas observaciones sobre la forma lógica, que apareció en Proceedings of the Aristotelian Society. Fue lo último que publicó. Cumpliendo con las obligaciones de su beca, escribió dos obras más, que se editaron tras su muerte: Observaciones filosóficas y Gramática filosófica. Bertrand Russell los encontró “muy importantes”, pero puso en duda sus tesis, considerándolas negativas para la filosofía. Así acabó su amistad.

Mejor inglés que alemán
En 1930, Wittgenstein dio muchas conferencias en Cambridge a pequeños grupos. Paseaba por la sala como un león, discurseaba y de pronto enmudecía para aclarar sus ideas. De vez en cuando refunfuñaba: “¡Qué estúpido soy!”, o pedía ayuda al auditorio. Los estudiantes opinaban: “Nunca antes habíamos visto pensar a una persona”. A Wittgenstein no le gustaba el academicismo de Cambridge, pero quería que sus alumnos se hicieran las preguntas que le apasionaban, por eso insistía en sus enseñanzas. En 1934 circulaban entre los estudiantes dos colecciones de apuntes suyos, del curso 1933-34, encuadernadas una en azul y otra en marrón: Los cuadernos azul y marrón. Se publicaron en un solo volumen tras la muerte de su autor. En ambos aparece el concepto de “juegos del lenguaje”, que marca el punto de inflexión entre el primer Wittgenstein del Tractatus y el posterior de las Investigaciones filosóficas.

Acabada la beca del Trinity College, Wittgenstein volvió a su casita de Noruega, donde terminó la primera parte de sus Investigaciones filosóficas. Pero en 1937 regresó a Cambridge, y aceptó la cátedra de Ciencias Morales, convirtiéndose además en ciudadano británico. ¿Por qué? Porque la unión entre Austria y Alemania, forzada por Hitler, le obligaba a perder su pasaporte austríaco y a convertirse en alemán. Y prefería ser inglés. De modo que se instaló en Cambridge. Pero, antes de que ocupara su cátedra, estalló la II Guerra Mundial. Wittgenstein se hizo asistente en el Guys Hospital de Londres y después en Newcastle, donde aportó algunas inovaciones técnicas muy prácticas. Allí descubrió que le hubiera gustado ser médico. Al terminar la guerra renunció a su puesto de catedrático: ya no creía en sí mismo como profesor. Su personalidad era tan fuerte y tiránica que había acabado por provocar una reacción hostil en su entorno académico.

Como había ahorrado, podía vivir un tiempo sin trabajar. Se instaló en Irlanda, donde un antiguo discípulo, el doctor Drury, le consiguió una casita en la costa. Allí terminó la segunda parte de las Investigaciones filosóficas. En 1949 regresó a Cambridge y descubrió que iba a morir por un cáncer de próstata que, con su testarudez habitual, no quiso tratarse. Trabajó hasta el final en casa del amigo que le acogió, el doctor Bevan, y en ella murió el 29 de abril de 1951 a los 62 años.

Wittgenstein no era un hombre religioso, pero sí espiritual. Tras mucho discutir, sus amigos le despidieron con un funeral católico y siempre se preguntaron si habían hecho lo correcto. Sus Investigaciones filosóficas se publicaron después de su muerte y se convirtieron en una de las obras filosóficas más influyentes del siglo XX. ❖ Marisa Pérez Bodegas

A pesar de lo que podría pensarse por su brevedad, no es una obra fácil. Se asemeja a un breviario religioso, cuyas frases hay que meditar para encontrar el “sentido oculto”. Está compuesto por siete aforismos principales (numerados del uno al siete) ordenados de menor a mayor importancia, y seguidos a su vez de aforismos complementarios (también numerados: 1.1, 1.2,… 2.01, 2011, 2021…) a modo de observaciones o comentarios de los aforismos principales, sin que este vínculo argumental esté claramente definido. Nos encontramos, pues, ante un texto críptico y abstruso, cuya estructura y estilo dificultan su comprensión. Por eso, durante mucho tiempo, esta obra ha sufrido malentendidos e interpretaciones erróneas, especialmente al principio, cuando los positivistas lógicos del Círculo de Viena lo convirtieron en su libro de cabecera, dejando a un lado su parte “mística” (y a juicio del autor, la más importante). Él mismo era consciente de la dificultad de su obra y por eso escribió en el prólogo: “Posiblemente sólo entienda este libro quien ya haya pensado alguna vez por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos”. Y en una carta de 1918 a su mentor, Bertrand Russell, llega a decirle: “He escrito un libro que contiene todo mi trabajo de los últimos seis años... De hecho, no lo entenderás sin una explicación previa, ya que está escrito en forma de observaciones harto cortas. (Esto significa, por supuesto, que nadie lo comprenderá; a pesar de que creo que todo él es claro como el cristal)”.

Mejor callar 
El aforismo más conocido del Tractatus, y probablemente el más importante, es el último, y que en cierta medida funciona como clave hermenéutica para interpretar todo el libro: “7. De lo que no se puede hablar hay que callar”. Y prosigue: “el libro quiere, pues, trazar un límite al pensar o, más bien, no al pensar, sino a la expresión de los pensamientos: porque para trazar un límite al pensar tendríamos que poder pensar ambos lados de este (tendríamos, en suma, que poder pensar lo que no resulta pensable)”. Wittgenstein se propuso reflexionar sobre los límites de lo que podemos pensar, y especialmente de lo que podemos pensar con palabras, y por eso defendió que lo que podía pensarse con palabras podía ser dicho claramente y sin ambages en un lenguaje lógico (“4. El pensamiento es la proposición con sentido”), mientras que sobre lo que no podíamos pensar con palabras de manera lógica (es decir, las cuestiones éticas, estéticas o religiosas, en realidad, las verdaderamente importantes), era mejor guardar silencio, pues solo producirían frases sin sentido (o pseudoproposiciones). 
Pero que no tengan sentido no significan que no sean importantes, pues como dice el filósofo austriaco: “Sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta, nuestros problemas vitales todavía no se han rozado en lo más mínimo. Por supuesto que entonces no queda pregunta alguna; y esto es precisamente la respuesta”. La solución a nuestros problemas filosóficos es la disolución de los mismos (de ahí la concepción “terapéutica” de la filosofía): la toma de conciencia de que estos no tienen sentido o están mal formulados, y por mucho que nos esforcemos, no vamos a poder abordarlos de manera inteligible con el lenguaje.

Lógico y místico 
En cierta medida, podemos considerar a Wittgenstein como un lógico que se convierte en místico, una especie de Pascal contemporáneo. Es decir, alguien con grandes conocimientos de matemáticas y lógica que se da cuenta de que solo con ellas no puede solucionar los problemas fundamentales, y por ello se refugia en la mística. Algunos de sus aforismos tienen la fuerza de las mejores máximas de los filósofos clásicos. Por ejemplo, el que dice: “Está claro que la ética no resulta expresable. La ética es trascendental. (Ética y estética son una y la misma)”, tan parecido al de Heráclito: “El camino recto y el tortuoso son uno solo y el mismo”. O aquel otro que afirma que “la muerte no es un acontecimiento de la vida. No se vive la muerte”, y que remite a la máxima de Epicuro de que “la muerte no es nada para nosotros, pues cuando nosotros estamos, la muerte no está, y cuando la muerte está, nosotros no estamos”. O el aforismo que dice que “nuestra vida es tan infinita como ilimitado nuestro campo visual” y que recuerda la recomendación de los estoicos de contemplar nuestra vida desde el punto de vista de Dios o de la eternidad.

Tirar la escalera 
Wittgenstein utiliza la metáfora de la escalera para explicar la función terapéutica de su filosofía: “Mis proposiciones esclarecen porque quien me entiende las reconoce al final como absurdas, cuando a través de ellas –sobre ellas– ha salido fuera de ellas. (Tiene, por así decirlo, que arrojar la escalera después de haber subido por ella.) Tiene que superar estas proposiciones; entonces ve correctamente el mundo”. Para él el objetivo de la filosofía es “la clarificación lógica de los pensamientos”. La solución de los problemas consiste en su disolución; en descubrir que solo son pseudoproblemas y que no pueden solucionarse claramente, puesto que “lo que puede ser pensado, puede ser pensado claramente”. Lo único que podemos hacer con lo que no podemos pensar y decir claramente es mostrarlo. Según reconoció en el prólogo del Tractatus, “el libro trata los problemas filosóficos y muestra –según creo– que el planteamiento de estos problemas descansa en la incomprensión de la lógica de nuestro lenguaje” (algo que sin duda habría compartido Nietzsche). De ahí que considere que “la mayor parte de los interrogantes y proposiciones de los filósofos estriban en la falta de comprensión de nuestra lógica del lenguaje… Y no es de extrañar que los más profundos problemas no sean problema alguno”. ❖ Gabriel Arnaiz

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