24 feb. 2016

ALBERT EINSTEIN. LOS ATEOS SON FANÁTICOS.


LA IDEA NUEVA.

A los sesenta años de la muerte de Albert Einstein, es imposible no recordar la obra de este físico judío alemán que hace 110 años, precisamente en 1905, con 5 artículos enviados a una revista alemana, planteó “las bases de la relatividad especial, de la teoría atómica y de la mecánica quántica”, verdaderos “hitos de la física de todos los tiempos” (Paolo Musso, La scienza e l’idea di ragione. Scienza, filosofia e religione da Galileo ai buchi neri e oltre, Mimesis, 2001, p. 263: se trata de un libro imprescindible para los apasionados de la filosofía y la historia de la ciencia). Lo que era esta bendita relatividad, para muchos fue difícil de comprender por mucho tiempo.

Aún hoy no pocos están convencidos de que ésta tiene que ver con el relativismo, cuando al contrario, “la relatividad no es en absoluto una teoría de lo relativo, sino más bien de lo absoluto”.

Pero más allá de las cuestiones puramente físicas, ¿cuáles son las implicaciones filosóficas de los descubrimientos de Einstein? Debe preguntarse por varios motivos: el primero de ellos es la pasión que Einstein mismo tenía por las meditaciones que van más allá de la propia física. El segundo motivo es también histórico: tanto los ideólogos nazis como los comunistas condenaron duramente la física de Einstein, acusándola de ser una “física judía” los primeros, una física no materialista, “burguesa”, los segundos.

El ataque, en Alemania, llegó también de premios Nobel de física como Johannes Stark, mientras que en la URSS se reprochaba a Einstein “que su teoría ‘generaba un universo absurdo con un origen bien definido, demasiado parecido al punto de vista religioso’ que el pensamiento soviético tenía tanto empeño en ‘extirpar de la sociedad’. Ciertamente, no ayudaba el hecho de que uno de los principales difusores de las teorías de Einstein fuera un sacerdote, Georges Lemaître, un ‘extranjero corrupto perteneciente a una sociedad burguesa decadente y agonizante’” (Paolo Mieli,Corriere della sera, 2/9/2014).

En resumen, tanto el panteísmo materialista nazi, como el materialismo comunista, vieron en las teorías de Einstein un problema de orden filosófico, pues hacía saltar por los aires los principios del mecanicismo, al afirmar que la materia se puede transformar en energía y viceversa.

Además, la afirmación de Einstein de un espacio-tiempo relativo, imposible sin la existencia de los cuerpos, recuerda un concepto: no hay espacio (ni tiempo) sin materia. En otras palabras: la doctrina materialista de Demócrito – según la cual “es opinión lo dulce, es opinión lo amargo, es opinión el calor, es opinión el frío, es opinión el color: en realidad sólo hay átomos y el espacio vacío”-, entra en crisis allí donde no es posible pensar en un espacio vacío eterno que sea puro contenedor de infinitos átomos, también ellos eternos.

Mucho más si conectamos la relatividad de Einstein con la idea del Big Bang, promovida por el antes citado Lemaître, y también ésta odiada por los soviéticos materialistas de la época, porque reduce la materia a un “átomo primordial”, y el espacio a lo que se genera a través de la expansión de ese átomo primordial.

Un último corolario filosófico interesante: la relatividad no sólo anula el espacio absoluto, sino que, más si se combina con la hipótesis del Big Bang, lleva a un concepto del tiempo que no puede dejar de recordar a san Agustín, para quien el tiempo (y el espacio) son relativos, en cuanto que fueron creados junto al cielo y la tierra.

Igual que para Agustín no tenía sentido preguntarse qué hacía Dios antes de crear el universo, al haber nacido el tiempo al mismo tiempo que el universo, tampoco hoy tiene sentido preguntarse qué había antes del Big Bang, pues el Big Bang marca también el comienzo del tiempo (y del espacio).

Escribe el físico de la Royal Society y teólogo británico John Charlton Polkinghorne en su libro Creer en Dios en la edad de la ciencia: “Se podría subrayar que la intuición de Agustín sobre cómo Dios habría creado el mundo cum tempore y no in tempore recibió una ratificación teológica quince siglos más tarde, cuando el espacio, el tiempo y la materia se reunieron en la teoría de la relatividad general que los vio nacer junto a la singularidad del Big Bang”.

Analizando brevemente estos conceptos, podríamos hacernos mil preguntas sobre un hombre que marcó tan a fondo el imaginario colectivo. Nos ayudaría conocer al gran genio, en la historia y no en la leyenda o el mito, como sucede a menudo.

Desde el punto de vista humano, de hecho, es difícil decir qué persona fue Einstein: su relación con su mujer, hijos y estudiantes no nos da un retrato siempre ejemplar o simpático. Desde el punto de vista científico cometió sus errores muchas veces, como es normal.

Por ejemplo, en sus discusiones con el amigo Lemaître: se opuso en varias ocasiones a la expansión del universo, y al Big Bang mismo, por prejuicios de naturaleza filosófica. Pero supo también, con gran inteligencia y honradez intelectual, reconocer sus equivocaciones.

En cuanto al Einstein filósofo y “teólogo”, se podrían decir muchas cosas. La primera, sin duda, que Einstein usaba muy a menudo expresiones que contenían palabras para nada neutras o casuales, especialmente para un científico. Esto incluso cuando sabía que podían molestar al interlocutor. Me refiero a palabras como “Dios”, “milagro”, “creación”, “sentido religioso”, “misterio”…
En realidad no podía no usarlas, sea porque había ido a una escuela católica, sea por su conocimiento de la Biblia; sea porque la física le llevaba siempre, irresistiblemente, a ir más allá. Además, su amigo y mentor, el premio Nobel Max Planck, afirmó: “No es casualidad que precisamente los máximos pensadores de todos los tiempos hayan sido personas profundamente religiosas, aunque no revelaran de buen grado el sagrario de sus almas”.

La cuestión es que el pensamiento filosófico de Einstein no fue nada sistemático, ni lógicamente ejemplar y coherente. Por esto, sus frases pueden ser citadas por una parte y la otra. En verdad,Einstein se pronunció muchas veces sobre cosas que no conocía bien, y cambió de opinión con el paso del tiempo, al menos respecto a algunas ideas.

En particular se pueden distinguir dos fases: una primera, antes de 1934, más, digámoslo así, “religiosamente heterodoxa”; y una segunda, más dispuesto a valorar la Iglesia y la Biblia, después de 1934, cuando el surgimiento del nazismo aclaró a Einstein el vínculo entre las tinieblas de su época y el abandono de los valores bíblicos y cristianos.

En la primera fase podemos encontrar frases como esta: “Es verdad que en la base de toda obra científica un poco delicada se encuentra la convicción, análoga al sentimiento religioso, que el mundo está fundado en la razón y puede ser comprendido. Esta convicción ligada al sentimiento profundo de la existencia de una mente superior que se manifiesta en el mundo de la experiencia, constituye para mí la idea de Dios; en lenguaje corriente se puede llamar panteísmo" (Spinoza, Como veo yo el mundo).

En la segunda fase, en cambio, afirmó lo siguiente: “Los más altos principios sobre los que se fundan nuestras aspiraciones y nuestros juicios nos vienen de la tradición religiosa judeo-cristiana… No hay espacio en todo esto para la divinización de una nación, de una clase y mucho menos de un individuo. ¿No somos todos hijos de un mismo padre, como se dice en el lenguaje religioso?”

Una cosa, con todo, es cierta: Einstein profesó la fe más bien no en un Dios personal, sino en una especie de Dios sobrepersonal, en una no bien definida Inteligencia ordenadora del cosmos, y fue muy duro con aquellos que se vanagloriaban de ser ateos, a los que llamaba “fanáticos”, “criaturas que no logran escuchar la música de las esferas” (Walter Isaacson, Einstein)
 
En 1940, después de que durante su huida de Alemania, fuera acogido y ayudado en Bélgica gracias también al ya citado Lemaître, declaró a Time: “Sólo la Iglesia permaneció de pie y firme para hacer frente a las campañas de Hitler para suprimir la verdad. Antes no había sentido ningún interés personal en la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que lo que antes despreciaba ahora lo alabo incondicionalmente.
Traducido y adaptado al español del artículo original enLa Nuova Bussola
 

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