27 sept. 2013

ANAXÁGORAS EL PERSEGUIDO


EN LAS sobremesas suele escucharse a algún señor gordo y calvo, con el aspecto satisfecho de los comerciantes prósperos, decir esta frase, leída seguramente en alguna revista mientras esperaba que lo atendieran en la peluquería:

La filosofía es un juego intelectual para solaz del espíritu...

Si los muertos escuchan las conversaciones de los vivos, deben de ser muchos los filósofos decapitados, quemados, torturados y proscritos que se revuelven inquietos en sus tumbas al escuchar frases así.

Desde Anaxágoras, los filósofos han desempeñado un papel similar al de los periodistas de oposición, y, cómo éstos, con frecuencia, han sido recompensados por los gobiernos con vacaciones pagadas y corte de pelo gratis en alguna caleta solitaria e inhóspita. Con mayor frecuencia aún, han sido invitados cordialmente a quemar sus libros, a cortarse las venas, a brindar con cicuta o a calentarse al calor de la hoguera.

La larga lista de filósofos atendidos especialmente por las autoridades comienza con Anaxágoras, que vivió en Atenas en la misma época que Pericles. Anaxágoras fue el primer hombre que introdujo la filosofía en Atenas, probablemente en un baúl de doble fondo.

Con toda inocencia, sin pensar que eso le podía acarrear disgustos, dijo que el sol es una piedra incandescente y que la luna está hecha de tierra.
No sabía Anaxágoras que los sacerdotes atenienses vivían de las limosnas que recibían para rendirles culto a Helios y a Selene, nombres que les daban al sol y a la luna para emborrachar la perdiz. Convertir al dios Sol y a la diosa Luna en una piedra caliente y una piedra fría, respectivamente, era tan herético como antieconómico, así es que los sacerdotes se las arreglaron para que Anaxágoras recibiera por correo una concha de ostra, pero sin ostra. La concha de ostra era usada por los griegos como un símbolo de repudio. Desempeñaba un papel similar al que siglos más tarde tuvieron las pepitas de naranja que enviaban los miembros del KuKluxKlan. Anaxágoras era un hombre valiente, y no se inquietó mucho por aquella clara invitación a abandonar Atenas. Continuó, pues, dando a conocer sus doctrinas. Dijo, entre otras cosas, que todo es infinitamente divisible. Nadie dijo nada. Pero cuando aseguró que la luna tiene habitantes, entonces se levantó entre los sacerdotes un clamor de protesta:
—¡Qué atrevimiento! ¡Asegurar que la diosa Selene tiene habitantes, así como los perros tienen pulgas!...
Y enviaron a Anaxágoras una concha de ostión con un mensaje que decía:
Estamos de acuerdo con usted en que todo es infinitamente divisible. Pensamos hacer una demostración pública con su persona.
—Más claro, echarle agua —dijo Anaxágoras, y puso pies en polvorosa.

Y de él nunca más se supo.

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