26 sept. 2013

LA ESCUELA DE MILETO.


LOS COLEGIOS particulares han sido un pingüe negocio desde que el mundo es mundo, y la Escuela de Mileto no fue una excepción. Los alumnos tenían que pagar la matrícula, cuotas mensuales y una suma para útiles escolares; debían efectuar un aporte para el Centro de Amigos de la Escuela y comprar, además, unas estampitas con la imagen de Tales de Mileto.

Al mismo tiempo, los ágiles “amigos de la escuela” se habían movido bastante rápido en las esferas oficiales para conseguir una subvención estatal destinada a mantener el establecimiento. En realidad, el Centro de Amigos de la Escuela de Mileto era sólo una pantalla tras la cual se ocultaban dos inteligentes hombres de negocios llamados Anaximandro y Anaxímenes, que con las utilidades del colegio se daban la gran vida.

Durante largo tiempo, Anaximandro y Anaxímenes vivieron con las ganancias que les producía la Escuela de Mileto, sin otra ambición que seguir lucrando a su costa. Pero a la larga eso no les bastó. El hombre es un animal vanidoso, y después que alcanza la prosperidad económica, quiere destacarse como hombre de talentos, aunque no los tenga. Así, pues, Anaximandro primero, y Anaxímenes después, decidieron ganar para sí una fama similar a la que Tales ganó con su afirmación de que todo está hecho de agua, y se votaron a filósofos.

Anaximandro pensó que lo mejor que podía hacer para quedar a la altura de Tales era negar lo que Tales había dicho, así es que formuló esta idea, bastante tonta, con la que pasó a la historia: “Todas las cosas no fueron hechas de agua”.

Como los colegios son la mejor herramienta de propaganda que se ha inventado hasta ahora, Anaximandro logró imponer su doctrina en una generación, la que, como es lógico, entró en conflicto con la generación anterior. Durante muchos años fue frecuente ver en las calles de Mileto a viejos y jóvenes que discutían acaloradamente. Los viejos sostenían que todas las cosas fueron hechas de agua, y los jóvenes sostenían lo contrario. Todo el mundo estaba dividido entre la doctrina de Tales y la de Anaximandro.

Cuando Anaximandro murió, le tocó el turno a Anaxímenes, el socio más joven, el cual ordenó que se enseñara en la Escuela de Mileto su propia doctrina, tan demencial como las otras dos: “Todas las cosas fueron hechas de aire”.  Ahí se armó la grande.

Todos los padres quieren que sus hijos sean educados en las ideas que ellos profesan, y si les enseñan otras cosas, consideran que los están corrompiendo, que les están deformando la mente. Eso fue lo que sucedió con la innovación de Anaxímenes. Los padres de familia que vivían en la ciudad de Mileto en aquella época, querían tener hijos talesianos o anaximandristas, según fueran partidarios de la doctrina de Tales o de la de Anaximandro, así es que el cambio de rumbo adoptado en la instrucción de sus hijos los indignó:

—Están formando a nuestros hijos en el anaximenismo —decían.
—Les enseñan que todas las cosas fueron hechas de aire...
—Les están deformando su personalidad...
—Corrompiéndolos...
—Enseñándoles doctrinas falsas.
—Inmorales...
—Inadmisibles...

Y pusieron término al asunto del modo que les pareció más práctico: incendiaron la Escuela de Mileto.

Numerosas excavaciones arqueológicas efectuadas hasta la fecha no han podido dar con las ruinas de la Escuela de Mileto. De ella nos quedan, pues, solamente las teorías acerca del agua y del aire, que en lenguaje filosófico se denominan, respectivamente, ¡plash! y ¡plop!. (JOSE LEONIDAS).

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