El primero que, más de siete siglos después de Aristóteles,
plantea originalmente la genuina cuestión antropológica, y en primera persona,
es San Agustín. Comprenderemos la soledad de donde arrancó la pregunta, si
tenemos en cuenta que aquel mundo redondeado de Aristóteles hacía tiempo que se
había desmoronado. Se deshizo porque, escindida el alma del hombre, no podía
captar en verdad más que un mundo también escindido. En lugar de las
desmoronadas esferas tenemos dos reinos independientes y hostiles, el de la luz
y el de las tinieblas.
Los encontramos en casi todos los sistemas de ese amplio y
diversísimo movimiento espiritual, la gnosis, que se apoderó de los
aturdidos herederos de las grandes culturas orientales y antiguas, fraccionó la
divinidad y despojó de valor a la creación; y en el más consecuente de esos
sistemas, el maniqueísmo, encontramos, conjuntamente, hasta dos Tierras. Ya el
hombre no es una cosa entre las demás, ni puede poseer un lugar en el mundo.
Como se compone de cuerpo y alma, se halla dividido entre los dos reinos, y es
a la vez escenario y trofeo de la lucha. En cada hombre se manifiesta el primer
hombre, el que cayó, en cada uno se anuncia la problemática del ser en términos
de vida. Agustín proviene de la escuela maniquea.
Sin hogar en el mundo, solitario entre las potencias
superiores e inferiores, sigue siendo las dos cosas aun después de haberse
guarecido en el cristianismo como redención que ya ha tenido lugar. Por
eso planteó las cuestiones de Kant en primera persona, y no como un problema
objetivado, al estilo de éste, a quien de seguro que sus oyentes del curso de
lógica no le tomaron las preguntas como dirigidas directamente a ellos, sino
que, en una auténtica interrogación, retoma la pregunta del salmista, “¿Qué es
el hombre que tú piensas ser?”, pero con un sentido y tono diferentes,
dirigiéndose, para que le dé noticia, a quien puede informarle: quid ergo
sum, Deus meus? quae natura mea?
No pregunta por sí solo; la palabra natura muestra a
las claras que, a través de su persona, busca al hombre, ese hombre que él
califica de grande prof undum, de gran misterio. Y saca la misma consecuencia
antropológica que ya vimos en Malebranche; lo hace en aquel famoso pasaje en
que apostrofa a los hombres que admiran las cimas de las montañas, las olas del
mar y el movimiento de los astros, pero pasan de largo ante sí mismos, sin
encontrar nada ahí de qué maravillarse.
Esta sorpresa del hombre ante sí mismo, que Agustín reclama
en razón de la experiencia de sí mismo, es muy diferente de aquella otra
sorpresa en la que Aristóteles, siguiendo a Platón, pone el origen de toda
filosofía. El hombre aristotélico se sorprende y maravilla también del hombre,
entre otras muchas cosas, pero nada más que como una parte del mundo, que es maravilloso
y sorprende en general. El hombre agustiniano se asombra de aquello que en el hombre
no se puede comprender como parte del mundo, como una cosa entre las cosas, y como
aquella otra sorpresa hace mucho que derivó en filosofar metódico, la suya se presenta
como algo muy bonito e inquietante. No se trata propiamente de filosofía, pero repercutirá
en toda la filosofía posterior.
Gracias por compartir sus publicaciones. Saludos
ResponderEliminar