29 sept. 2013

EL DOCTOR ARISTÓTELES


ARISTÓTELES nació en Estagira, en la casa de Nicómaco, el médico de la corte de Macedonia. Esto no tiene nada de extraordinario, pues don Nico era su padre.
Aristóteles aprendió la profesión de médico, pero un buen día, aburrido de mirar lenguas sucias, viajó a Atenas y se matriculó en la Academia de Platón. Allí se destacó como buen alumno, y el día del reparto de diplomas, Platón no sólo le estrechó la mano, sino que le dio un pellizco en la mejilla, que lo hizo ruborizarse.

Con su diploma de la Academia, Aristóteles pronto consiguió trabajo. Filipo, el rey de Macedonia, lo contrató el año 343como profesor de Alejandro, que aún no era Magno, sino apenas un mocoso de trece años. Durante tres años, Aristóteles trató de inculcarle el respeto a la filosofía y a la cultura griega en general, pero los resultados que obtuvo son discutibles. Los historiadores discrepan en cuanto a las consecuencias que tuvo esta relación de profesor y alumno entre dos hombres que habrían de cambiar la historia. Hay al respecto cuatro posiciones, entre las cuales puede elegir el lector: a) Aristóteles influyó en Alejandro; b) Alejandro influyó en Aristóteles; c) ambos se ejercieron recíproca influencia, y d) ninguno influyó sobre el otro.
Después, Aristóteles se casó, y, como le encantaba el tutti frutti, lo hizo con una macedonia.

Para no ser menos que Platón, que fundó una Academia, Aristóteles creó un liceo, y, en los ratos que éste le dejaba libre, escribió kilos y kilos de libros. En ellos aconsejó hablar lentamente, con voz doctoral y con un tono irónico cuando se dirija a los seres inferiores, entre los cuales incluyó, como su maestro Platón, a las mujeres, a los esclavos y a los demócratas. Aristóteles no creía en la igualdad ni en la democracia. Decía que unos hombres nacieron para mandar y otros para ser mandados, aunque no especificó a dónde.

Sus ideas políticas aparecen claras en los consejos que da a los gobernantes para retener el mando: ejecutar o asesinar a las personas de mérito excepcional; prohibir los banquetes de camaradería, las tertulias, las asambleas, las discusiones literarias; comprar la lealtad de las mujeres, esclavos y seres inferiores en general para qué delaten a los descontentos, y, lo más importante, hacer la guerra sin interrupción, a fin de que los súbditos tengan algo en qué ocuparse y sientan siempre la necesidad de un caudillo.
Maquiavelo era un chiquillo de las monjas comparado con Aristóteles.

Para que no le dijeran extremista, Aristóteles inventó la doctrina del justo medio, que afirma que todo extremo es vicio y que todas las posiciones moderadas y equidistantes de los extremos son virtudes: el valor es el justo medio entre la cobardía y la temeridad; el amor propio lo es entre la vanidad y la humildad; el medio filo, entre la sobriedad y la embriaguez, etcétera.

Lo más notable que hizo Aristóteles fue inventar el silogismo, que es un sistema para pensar correctamente que consiste en encadenar los pensamientos con el fin de extraer una conclusión. Esto queda mucho más claro con un ejemplo. Se encontraron en la plaza de Atenas dos discípulos de Aristóteles y uno de ellos saludó amablemente:
—Buenos días.
—¡Guau! —contestó su amigo.
El otro se quedó perplejo y pensativo, pero después de un momento descargó sobre la nariz del insolente toda la fuerza de su puño.
Acudió gente y el filósofo pugilista debió explicar su reacción: —Cuando él me dijo “guau”, apliqué las enseñanzas de mi maestro Aristóteles y construí el siguiente silogismo:

“Guau dicen los perros;
los perros persiguen a los gatos;
los gatos comen ratones;
los ratones comen queso;
el queso se hace de leche;
la leche la producen las vacas;
la vaca es la hembra del toro;
el toro tiene unos enormes cuernos..."
Luego, ello significa que este deslenguado me quiso decir cornudo.

La gente quedó satisfecha con la explicación, y algunos comprendieron entonces la perfección lógica del silogismo, con lo que Aristóteles aumentó su ya crecido prestigio.

También se destacó Aristóteles como científico, y durante dos mil años se aceptaron sus afirmaciones sin ponerlas jamás en duda, pues, como la teología incorporó muchos pensamientos suyos a la doctrina revelada, su prestigio de sabio en las cosas divinas le dio también reputación de sabio en las cosas terrestres. Poner en duda cualquier afirmación de Aristóteles significaba, dos mil años después de su muerte, enfurecer a la Inquisición y arriesgar el pellejo. 

Por ejemplo, afirmó el filósofo que los hombres tienen más dientes que las mujeres, y a nadie se le ocurrió, durante veinte siglos, comprobar si era cierto. Por fin, hacia 1600, alguien tuvo la originalidad de contarle los dientes a su mujer, pero apenas había terminado de hacerlo, cuando la Inquisición ya había tomado cartas en el asunto. 

Felizmente para él, su abogado era un hombre muy hábil, y logró convencer a los inquisidores para que contaran sus propios dientes y se los contaran a algunas mujeres. Comprobado el empate, el acusado fue absuelto, pero durante mucho tiempo fue comentado con asombro el incomprensible error de Aristóteles.

Otro impío, llamado Galileo Galilei, puso en duda otra afirmación de Aristóteles que los cuerpos pesados caen con mayor velocidad que los livianos. Para comprobarlo tiró desde lo alto de la Torre de Pisa varios objetos pesados y otros mucho más livianos: una piedra, un fierro, su suegra, un papel arrugado, algunos corchos de botella y un almohadón de plumas. Sus alumnos —Galileo era profesor de la Universidad de Pisa— observaban al pie de la torre la llegada de los objetos a la meta.
—¡Apuesto al fierro¡— exclamaba un alumno—¡Yo a la piedra! —decía otro.
—¡Y yo a la suegra! —gritaba un tercero.
Pero también en este caso hubo empate, con lo que el prestigio de Aristóteles decayó un poco más.

La Inquisición se interesó por el experimento, y Galileo tuvo que satisfacer su curiosidad. Los inquisidores llegaron a la conclusión de que Galileo no comprendía bien la grandeza de Aristóteles, y le proporcionaron gratuitamente una habitación tranquila para que se entregara a la meditación.

Tal era todavía la influencia de Aristóteles dos mil años después de su muerte.
Hasta el año 323, Aristóteles vivió tranquilamente en Atenas, ciudad que, como el resto de Grecia, estaba sometida a Alejandro, su ex alumno. Ese año murió Alejandro, y los atenienses se rebelaron. Se inició entonces una persecución contra todos los que habían sido amigos del invasor, y Aristóteles, olvidando el ejemplo de Sócrates, puso pies en polvorosa.

Huyendo iba, cansado, sudoroso y jadeante, cuando un síncope lo hizo morder el polvo.

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