27 sept. 2013

DEMÓCRITO EL ABUELO DE LA BOMBA ATÓMICA


DEMÓCRITO era de esas personas que, cuando deciden hacer algo, lo hacen y lo hacen bien, y que, cuando los elogian por ello, contestan modestamente:
—¡Oh, si no es para tanto!
Era más bien bajito y flaco, bastante tímido, y cuando lo miraban fijo, no sabía dónde poner su mirada. Asistía regularmente a las tertulias que los aspirantes a filósofos sostenían en la plaza del mercado, y allí se limitaba a escuchar las opiniones de los demás, y no hablaba si no le preguntaban.
En esas tertulias todos intentaban destacarse citando a uno y a otro pensador, y la discusión se reducía a defender las teorías de unos y atacar las de otros. De este modo, se formaron bandos cuya separación fue cada vez más nítida. Sólo Demócrito continuó escuchando en silencio, sin pronunciarse en ningún sentido.
—Y bien, Demócrito, ¿a qué doctrina adhieres tú?
—Oh, no vale la pena que yo dé mi opinión…
—Vamos, hombre, dila... ¿De qué crees tú que está hecho el universo?
Demócrito sonrió tímidamente, como un niño a quien sorprenden en una falta, y dijo:
—De átomos...
Sus interlocutores lo miraron sin comprender.
—¿De átomos? ¿Y eso qué es?
—Los átomos —explicó Demócrito— son pequeñas partículas indivisibles que están en constante movimiento. Hay muchas clases de átomos, que se diferencian entre sí por la forma, el tamaño, el calor y el peso...
—¿Y esa teoría de quién es? Porqué, a decir verdad, ninguno de nosotros la ha oído antes.
Demócrito volvió a sonreír, bajó la cabeza, se miró las puntas de los pies y dijo con un hilo de voz:
—Es mía…
La carcajada de sus contertulios se escuchó en todo el mercado.
—Bueno —dijo el genio—; es solamente una opinión... Ustedes me la preguntaron...
Y como los otros se seguían riendo, Demócrito se alejó silenciosamente, y no volvió más a la tertulia. Pero, apenas llegó a su casa, puso en práctica una determinación que había tomado en el camino. Pintó un cartel y lo colocó en la puerta de su casa. En Sus antiguos contertulios trataron de desacreditarlo por todos los medios, pero eso no inquietaba a Demócrito.

“Algún día —pensaba—, dentro de algunos miles de años, alguien logrará probar que tengo razón.”

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