28 sept. 2013

SÓCRATES, EL ARRIBISTA


SOFRONISCO y Fenaretes estaban muy tristes. No por tener esos nombres —total ya estaban acostumbrados—, sino porque el hijo que habían esperado con tanta ansiedad acababa de nacer y era tan feo que quitaba el hipo. La fea criatura —bizca, de nariz corta y ancha, boca enorme y piernas chuecas— era Sócrates. Años más tarde, cuando Sócrates todavía era un niño, ya las madres de Atenas asustaban a sus hijos con esta amenaza:

—Si no te tomas la sopa, voy a llamar a Sócrates...

Tiempo después, cuando murió Sofronisco, que era escultor, le ofrecieron a Sócrates que lo reemplazara en el taller donde esculpían los frisos y estatuas destinados a decorar los edificios de la Acrópolis. El aceptó, pero mejor no lo hubiera hecho. Las esculturas que produjo eran magníficas, pero juzgadas con el criterio de los críticos modernos. El arte de Sócrates era abstracto, cubista, cualquier cosa, menos griego. Le encargaban una estatua de Afrodita y él entregaba un bloque de mármol de forma extraña, que excitaba la imaginación e inducía a pensar en las montañas de la luna, en los terremotos, en los ataques de los bárbaros, pero no en Afrodita.

—Soy un artista incomprendido —decía Sócrates. Pero lo dejaron cesante de todos modos. Una tercera desgracia —su matrimonio con Jantipa— habría de empujarlo definitivamente hacia esa paciente resignación que caracteriza su filosofía. Jantipa tenía veinte años —edad a que las griegas se consideraban solteronas, y sentía, que el tren la había dejado definitivamente. Fue entonces que alguien le habló .de Sócrates. Este era feo y pobre. Andaba con una túnica raída y llena de agujeros, y ni siquiera tenía sandalias: en las ocasiones más solemnes, Sócrates se presentaba descalzo. Además, presentaba algunos síntomas epilépticos y paranoicos: a veces se quedaba quieto largo rato, como una estatua, sordo y ciego a cuanto ocurría a su alrededor. Cuando volvía en sí, contaba que había estado escuchando la voz de su “demonio bueno” —una especie de Ángel de la Guarda—, el que le aconsejaba lo que tenía que hacer. Otras veces, se exaltaba tanto mientras hablaba, que se daba coscorrones y se arrancaba los cabellos, y terminaba formulando rotundos juramentos.

A Jantipa le advirtieron todo eso, pero ella estaba ansiosa de casarse, pues comprendía que ésta era su última oportunidad, y se limitó a comentar:
—Y bueno, peor es nada...
Sócrates, por su parte, se sentía solo, y la idea de tener una compañera no le desagradó. Estaba dispuesto a casarse con cualquier cosa, pero, para que no se notara, le preguntó a su amigo Critón:
—¿Tiene buen carácter esa tal Jantipa?
—¡Hum!... A decir verdad, ella es un poco... difícil...
—Pues... no tiene importancia. Al fin y al cabo, un buen jinete tiene que domar hasta el caballo más chúcaro.
Todo cuanto le hubieran dicho de Jantipa habría sido poco. Ella era alta, flaca, huesuda, fea, peleadora e histérica. Pero Sócrates lo comprendió demasiado tarde. Jantipa era una mujer y eso bastaba. Y se casó.
Al día siguiente de casarse, ya estaba arrepentido. La segunda noche de bodas la pasó farreando con una niña llamada Teodota, de la cual sólo se sabe que no tenía oficio alguno y que, sin embargo, ganaba mucha plata. Al parecer, era un alma bondadosa, pues sus amigos que se contaban por docenas comentaban que era muy güena.

Con aquel hecho, la guerra fría en el hogar de Sócrates estaba declarada. Se prolongó durante muchos años, y a veces se agudizó, como aquella en que Jantipa, no contenta con poner a Sócrates de vuelta y media delante de sus amigos, le tiró un balde de agua. Sócrates, que nunca perdía la calma, se volvió hacia ellos y les dijo:

—Como ustedes ven, mi mujer no sólo truena, sino que, además, llueve...
Sus amigos estaban asombrados.
—¡Pero, Sócrates, cómo puedes soportar a esa mujer!
—La explicación es muy clara —repuso él—. Después de sufrir a Jantipa encuentro simpática a toda la gente.

Sócrates tenía bastante culpa en eso de que su hogar no fuera dulce sino ácido y amargo como una naranja verde, pues no le daba a su mujer ni un centavo. Ni tenía de dónde sacarlo, ya que se pasaba los días charlando por las calles de Atenas. Pero él siempre encontraba razones para justificarse. Una vez, Jantipa, sumamente preocupada al ver que el hijo de ambos, Lamprocles, parecía una radiografía viviente, le dijo a Sócrates:
—Oye tú, holgazán, no cesas de conversar con tus amigos, sin hacer otra cosa en todo el día, y no tenemos dinero siquiera para comprar al niño un pedazo de pan.
—No te preocupes, Jantipa, que no sólo de pan vive el hombre. Por otra parte, debes recordar que la austeridad es una virtud...
—Con ese cuento nos engatusó Pericles...
—Y ten en cuenta que si el chico se acostumbra a las privaciones, estará mejor preparado para la lucha por la vida.
—Pero el niño tiene hambre, Sócrates...
—Y bien, ¿qué es el hambre?
Cuando Sócrates veía perdida una discusión, acudía a ese recurso: interrogar a su interlocutor, en la misma forma como lo hacían los sofistas. Y cuando, a pesar de eso, su contrincante llevaba las de ganar, apelaba a la moral. Veamos cómo siguió aquella discusión con Jantipa.

—El hambre es eso que tú y yo y todo el mundo siente cuando no ha ingerido ningún alimento, viejo parlanchín —dijo ella.
—¿Y de cuántas clases puede ser el alimento, Jantipa? No me negarás que, por lo menos, existen alimentos para el cuerpo y alimentos para el espíritu. ¿Y qué es más importante, alimentar el cuerpo o el espíritu? ¡El espíritu, indudablemente! Y dime, ¿no es acaso inmoral preocuparse de los alimentos del cuerpo cuando el espíritu está sediento y hambriento? Dile a nuestro hijo que deje de preocuparse de cosas inferiores, como es el pan, y que trate de adquirir sabiduría y virtud.

Jantipa no supo qué replicar. Lamprocles, que no había comido en tres días, mordisqueaba con entusiasmo una de sus sandalias, tratando de arrancarle un pedacito. Platón, que se hallaba presente, tomaba apuntes del diálogo sostenido por Sócrates con Jantipa, y, cuando comprendió que la conversación había terminado, tomó a su maestro de un brazo y salió con él. Y, como todos los días a esa misma hora, le dijo:
—Maestro, os invito a almorzar,
—Gracias, mi buen Platón —contestó Sócrates—. Ya sabes que para mí no tiene importancia el alimento del cuerpo, así como ninguna cosa material. Pero, como temo ofenderte si rechazo tu gentil ofrecimiento, lo acepto encantado.
Y, como todos los días, comió opíparamente en casa de Platón y bebió en grandes cantidades el exquisito vino dulce de Creta. La conversación fue, como siempre, un diálogo en el que Sócrates preguntaba y los demás respondían. A fuerza de practicar, Sócrates había adquirido una gran habilidad en este ejercicio. Platón y los demás comensales eran todos jóvenes aristócratas, ricos, dueños de esclavos y enemigos de la democracia. Sócrates no tenía dónde caerse muerto, pero, quizá para que no se acabaran las invitaciones a almorzar, también atacaba a la democracia. Los jóvenes estaban encantados con él.

—Esta es una democracia de harapientos —decía Sócrates, y agregaba—: ¿Cómo puede hacer un buen gobierno esa bulliciosa multitud de zapateros remendones, herreros y barberos? Es imposible. Hay que poner a la chusma en su lugar, enseñarle que las labores de gobierno corresponden a los hombres superiores. Hay que enseñarle, además, a soportar sin una queja su situación inferior. El que se queja del destino ofende a los dioses.

De todas sus enseñanzas, éstas eran las que más gustaban a sus discípulos ese menosprecio por los bienes terrenales que predicaba. Sócrates, y la conveniencia de que cada cual se conformara con su suerte. Ellos estaban muy satisfechos de ser ricos y no menospreciaban en absoluto sus riquezas, pero les parecía muy conveniente difundir esa doctrina entre el pueblo.
—¡Estos rotos están cada día más alzados! —comentaban.
Platón seguía a Sócrates a todas partes, y no se perdía una sola de sus palabras. 

De cuanto él decía tomaba apuntes en un cuaderno. Después los pasaba en limpio y los llevaba a la editorial para que se publicaran con el título “Diálogos de Platón”. Así ganó una fortuna en derechos de autor.
De esta manera pasaba Sócrates el tiempo, feliz y apaciblemente, conversando con sus aristocráticos discípulos por las calles y paseos de Atenas, o en bien provistos comedores.

Transcurrieron muchos años, y Sócrates seguía charlando y charlando, y Platón tomando apuntes y más apuntes, hasta que un día aquél recibió una citación judicial.
El gobierno, temiendo que el semillero de reaccionarios que mantenía Sócrates pudiera urdir una conspiración, como aquella que un siglo antes organizó Pitágoras, decidió eliminarlo. Pero la acusación que se hizo contra el filósofo no mencionó los motivos políticos que la inspiraban, sino que se fundamentó en el aspecto religioso de sus enseñanzas, para despistar.

Una vez ante el jurado de quinientos miembros que habría de conocer el caso, sus perseguidores formularon la acusación:
—Sócrates es un ateo que cree en un solo dios. Pedimos contra él la pena de muerte, porque está corrompiendo a la juventud con sus ideas impías dice que el sol es de fuego, y que la luna es de tierra...
—Perdón —interrumpió Sócrates—, ¿no me estará confundiendo usted con Anaxágoras?
Una cáscara de naranja, arrojada con certera puntería por algún fanático que asistía al juicio, hizo callar a Sócrates.
Después que los acusadores terminaron su exposición, se le concedió la palabra a Sócrates, para que se defendiera, y él, de acuerdo con su costumbre, sometió a sus detractores a un interrogatorio y aprovechó de decir algunas frases para la posteridad, como “sólo sé que nada sé”, “soy un tábano sobre el lomo del Estado”, y otras por el estilo. Además, pidió que, en lugar de condenarlo, lo declararan ciudadano ilustre de Atenas.
—Eso es lo que en justicia merezco —añadió modestamente.
Y al terminar su defensa, siguiendo la costumbre de Atenas, dijo:
—¡Ciudadanos, salud!
—Con cicuta —le contestó a coro el jurado.
Ese era el veredicto. No había nada que hacer.
El público se retiró del tribunal en medio de bulliciosos comentarios. Sólo quedaron ahí los discípulos de Sócrates, cabizbajos y tristes. Platón, como siempre, tomaba apuntes de todo, sin perder palabra de su maestro.
Dos guardias condujeron a Sócrates al fondo del edificio, donde había un jardín. Hasta allá lo siguieron sus discípulos, como los pollitos tras la gallina que es conducida a la olla.
—Huid, maestro —dijeron los muchachos.
—Y bien, ¿qué es huir? —interrogó Sócrates.
Dialogando estaban cuando se acercó el verdugo, un individuo cruel a quien apodaban “El Sádico”.
—¿Cómo quiere la cicuta el señor? —preguntó al filósofo.
—Con bastante azúcar —contestó Sócrates, sin, inmutarse.
—¿Los señores se sirven alguna cosita? —preguntó el verdugo a los discípulos.
Sólo Platón tuvo sangre fría para responder:
—A mí me trae una panimávidapoco rato volvió el verdugo. Sócrates tomó la copa de veneno con mano segura y la bebió de un trago. Apenas lo había hecho cuando exclamó:
—¡Oh, se me han dormido los pies!
—¿Quieres que traiga un despertador? —preguntó el más torpe de los muchachos.
Sócrates no le hizo caso y continuó transmitiendo los efectos del veneno:
—Ahora no siento las piernas..., ni el abdomen..., ni el pecho... Se me han dormido los brazos..., y se me está adormeciendo también la leng...
Eso fue lo último que dijo.
La ejecución de Sócrates causó gran revuelo, y Atenas entera fue censurada por su muerte. Como siempre que alguien muere, sus méritos fueron exagerados sin moderación alguna, como lo prueban estos versos que escribió Eurípides:
Matasteis a Sócrates,

la dulce musa... (Jose Leonidas).

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