27 sept. 2013

PARMENIDES EL IDEALISTA.



EN EL lenguaje vulgar, idealista es la persona que tiene grandes ideales, y que vive para ellos, sin esperar una recompensa material: los pastores protestantes que predican en las esquinas, los líderes revolucionarios que arriesgan su vida desinteresadamente, la gente que les cede el asiento en el micro a las viejitas con paquetes, etc. A la inversa, es materialista —en el lenguaje corriente— el hombre que sólo busca el placer de los sentidos: comer, dormir y rascarse.

En el vocabulario filosófico, en cambio, esas palabras tienen significados totalmente diferentes de aquéllos. La controversia que han sostenido durante siglos los idealistas y los materialistas es la base de uno de los más grandes problemas filosóficos: el problema ontológico, llamado así porque, aunque parece tonto, es, bastante lógico.
Este problema parte precisamente del punto que tanto interesaba a los primeros filósofos: cuál es la materia prima del universo. Antes de Parménides, todos los filósofos, excepto Pitágoras, habían dicho que el universo fue hecho de elementos materiales: el agua, el aire, el fuego. Eran, por lo tanto, materialistas. Así estaban planteadas las cosas cuando Parménides formuló la teoría idealista:
“El universo está hecho de ideas”.

—Vosotros, materialistas burdos y ordinarios —decía Parménides—, creéis que existen la madera, el fuego y el agua, porque vuestros toscos sentidos os lo dicen. ¡Ah, ilusos! ¿No creéis también en la existencia de las cosas con que soñáis? Cuando en vuestros sueños veis a una bella mujer que os abraza, estáis seguros de que ella está a vuestro lado, pero cuando la vais a besar..., ¡plop!..., despertáis. Igual cosa os ocurre mientras estáis despiertos: creéis que existen las cosas que veis, tocáis y oís, sin daros cuenta de que sólo son alucinaciones. No habéis caído en la cuenta de que “la vida es sueño y los sueños sueños son”. Lo único verdadero, real, indudable, son las ideas, y ellas se conocen por la razón y no por los sentidos.
—¿Así es que nosotros no existimos? —le preguntaron una vez sus adversarios—. Nosotros nos vemos, nos olemos (¡puf!), nos tocamos... Nuestros sentidos nos dicen que somos reales.
—Os engañan —dijo Parménides—. Vosotros no existís. Sois solamente ideas que yo estoy pensando.
Eso colmó la medida. Uno de los que lo oían tomó un palo y lo descargó con tal fuerza sobre el filósofo, que le quebró por lo menos dos costillas.
—¿Qué haces, idiota? —gritó el idealista.
—Yo no hago nada —contestó el del palo—. ¿Cómo podría hacer algo, si no existo?
Y le dio otro feroz golpe.
—¡Cómo que no, si me estás pegando con ese palo!
¿Palo? ¿Cuál palo? —dijo el pícaro—. ¿Te refieres a alguna idea?
Y le quebró dos costillas más.
A pesar de aquella prueba contundente de que las cosas materiales tienen una existencia real, y no sólo aparente, Parménides siguió enseñando que las ideas existirían aunque no existiera ningún cerebro que las pensara idea tan descabellada como sería sostener que la leche existiría aunque no existieran las vacas y que las cosas materiales son meras proyecciones de las ideas. 


En los siglos siguientes, muchos otros vejetes absurdos sostuvieron esas mismas tonterías. Algunos de ellos encontraron argumentos tan ingeniosos para defender la posición idealista que pasaron a la historia: Platón y Hegel, entre otros. Al leerlos uno duda hasta de la existencia del libro que tiene entre las manos. Esa duda dura hasta la hora de comida. Resulta demasiado absurdo pensar que la idea estómago necesita entrar en contacto con una idea bistec.(JOSE LEONIDAS).

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